No tengo calma interior: volver a ti no es rendirse


Este texto forma parte del espacio Mujer en Expansión, un lugar para explorar procesos internos con calma y profundidad.

Hubo un tiempo en que el fuego estaba encendido.
No ardía con violencia, pero estaba vivo.
Daba calor, ritmo, presencia.

Con el tiempo, alguien empezó a vigilarlo demasiado.
A corregirlo.
A medirlo.
A temer que se descontrole.

Y sin darme cuenta, ese fuego fue perdiendo fuerza.
No por falta de leña,
sino por exceso de control .

Cuando el cuidado se vuelve vigilancia

Muchas personas creen que la calma interior se logra apagando el fuego.
Reduciendo la intensidad.
Controlando lo que se siente.

Pero la calma no nace de la supresión,
sino de una relación más amable con la propia energía .

El problema no es el fuego.
El problema es la desconfianza hacia él.

Cuando todo lo que sentimos es observado con sospecha,
cuando cada emoción debe ser corregida,
cuando cada impulso es contenido por miedo a “perder el control”,
algo esencial empieza a apagarse.

El centro no es ausencia de movimiento

La calma interior no es quietud forzada.
No hay rigidez.
No está desconectado.

Es centro .

Un centro vivo, cálido, presente,
capaz de sostener sin sofá
y de dar espacio sin abandonar.

En la mitología griega, Hestia era la guardiana del fuego sagrado.
No del fuego espectacular,
sino del que arde en el hogar.
El que no se exhibe, pero sostiene la vida.

Hestia no dominaba el fuego.
Lo habitaba .

Cuando el fuego se apaga, no es por exceso de intensidad.

Muchas veces la ansiedad, la tensión o la sensación de vacío no indican que algo esté mal en ti.
Indica que tu energía vital no está siendo bien alojada.

Que el fuego fue tan regulado
que perdió oxígeno.

Que el cuidado se transformó en vigilancia.
Y la vigilancia, en agotación.

El estado generativo no nace cuando todo está bajo control,
sino cuando existe un espacio interno lo suficientemente seguro
como para permitir que la energía vuelva a circular.

Volver al centro es un acto de no violencia

No se trata de forzarte a estar en calma.
Ni de eliminar lo que incomoda.

Se trata de cambiar la relación con lo que está presente .

Deja de combatir el cansancio.
Deja de discutir con la inquietud.
Dejar de empujar la ansiedad fuera de escena.

Como en el aikido, no se lucha contra la fuerza:
se la acompaña,
se la redirige,
se la transforma.

El fuego no necesita ser apagado.
Necesita ser cuidado sin miedo .

Una invitación suave

Tal vez no necesites técnicas nuevas.
Tal vez necesites un espacio interno más hospitalario.

Puedes empezar observando:

  • ¿Dónde estás vigilándote en exceso?
  • ¿Qué emoción estás tratando de “regular” en lugar de escuchar?
  • Qué parte de tu energía pide calor, no hay corrección.

Volver al centro no es rendirse.
Es recordar desde dónde se sostiene la vida.


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